Cuando crecemos, una parte de los conocimientos de nuestros padres se transfieren a nuestra forma de ver la vida. Hace 20 años, disponer de un seguro de vida era algo que la mayoría no podía permitirse, era casi un producto de lujo.

La sociedad ha ido evolucionando, la esperanza de vida se ha incrementado, aparecen nuevos accidentes (muchos derivados de las nuevas tecnologías) y nos enfrentamos a un escenario donde la responsabilidad financiera aplica a todos los escalones sociales.

Decían los abuelos que la independencia llegaba a través de la independencia económica. Acceder a un puesto de trabajo, comprar una casa, adquirir productos y servicios, planear una familia, todas estas metas se valoran con el prisma de la economía.

Con este mismo enfoque debemos plantearnos la necesidad de un seguro de vida y accidentes. Si una sociedad considera que la compra de un terminal móvil de 1.000 euros es una “necesidad”, ¿cuánto debería valer la estabilidad de una familia?

Si bien para algunos pueda ser una necesidad tener un terminal que pueda llevar a cabo las tareas que le son requeridas, nunca una marca ha tenido el poder de ser el único en cumplir con estas tareas.

Quizás si ponemos un ejemplo sea más sencillo. Imagina que quieres un nuevo móvil, necesitas hacer fotos, trabajar con el correo electrónico, leer y redactar documentos, escanear, firmar digitalmente, pagar y, por supuesto, llamar por teléfono.

Con estas necesidades hay muchas marcas en el mercado que pueden proporcionarte un teléfono inteligente. Los precios pueden variar entre los 400 y 1.300 euros, con las mismas características, solo cambia la marca.

Si la marca es tan importante, no contratarás por precio algo tan significativo como el seguro de vida. Eso seria coherencia. Si la marca no es importante, tendrás para contratar un seguro de vida. Esto también es coherencia.

Por coherencia, ¿qué te impide proteger a los tuyos?